jueves, 4 de septiembre de 2008

La Farmacia de Narciso


Un amigo que estudió para farmacéutico y empezó trabajando como tal se pasó luego a la venta de maquinaria de precisión. Desde entonces no le he oído un solo comentario sobre su antiguo oficio. No hace ni dos días salvó con una evasiva inapelable la petición de consejo de un colega cuya hija cursaba los mismos estudios. Una semana antes de la boda de mi amigo, cuando su novia y él ya tenían las invitaciones impresas, escogidos los trajes y el lugar del banquete, se echó atrás. No volvió a verla ni a ella ni a ninguno de los amigos que compartían. Unos años antes había dejado de ir al lugar del veraneo de infancia, perdiendo todo contacto con amigos y amores de juventud y también con toda su familia paterna. En todos estos casos hay una orilla de abandono y otra de acogida: el nuevo trabajo, el nuevo amor, los nuevos pueblos de costa o de montaña. En todos se queman las naves después del trayecto, por la inmersión completa en el nuevo estado de empleado, amante o veraneante. Al que contradice de continuo su preferencia previa se le considera con cierta ironía pero se le alaba un gusto flexible, como si la papiroflexia aplicada al espíritu pudiera hacerle feliz.

En realidad el farmacéutico sólo cumple un viaje en sí y él mismo encierra todas sus costas. Su ensimismamiento le entrega a una continua alquimia en que él mismo provee al tiempo el demiurgo, la piedra filosofal y la roca que deviene oro, para luego tornar en un mineral más deseado. Para Narciso no hay otra Ginebra, otra costa, las dibuja todas el lento girar de su perfil ante el espejo.

(La foto es de Alex Barros y se pone a disposición bajo licencia de CC bajo la modalidad atribución, no comercial. Las fotos de Alex Barros pueden encontrarse en esta dirección: http://www.flickr.com/photos/alexbarros

1 comentario:

Anónimo dijo...

Querido narciso que perdido estás,lo que hay que hacer es volver a esa maquinaria de precisión.