sábado, 21 de febrero de 2026

DATIFICACIÓN

¡Nos expropian! Esta es la queja frente a la reglamentación de la datificación, el proceso por el que se convierte en datos la experiencia cotidiana. Quienes datifican de modo global, el puñado de plataformas con capacidad para ello, al igual que los gobiernos que las apoyan, argumentan que estas normas, al restringir el modo en que los datos se recaban y utilizan, limitan la fuente de sus ganancias. El término empleado en la protesta es, sin duda, una exageración, pero da pie a plantearse que la expropiación podría ser apropiada. ¿Se podría al menos someter a las grandes plataformas tecnológicas a una estricta autoridad y reglamentación multilateral que nos permitiese beneficiarnos del efecto red y las ventajas de su alcance universal? 

Como estos planteamientos no parecen viables a corto y medio plazo hay que saludar reglamentaciones parciales  que protejan  los derechos de creadores y usuarios, incluyendo a los menores y las víctimas de discursos de odio. Lo mismo cabe decir de iniciativas y propuestas que se centren no tanto en la propiedad de los datos ( y de las plataformas), sino en su gestión y el modo en que se utilizan, incluyendo su interoperabilidad y puesta en común. Al cuestionarnos la gestión y control de la datificación se pueden empezar a resquebrajar algunas de las presunciones sobre las que opera el oligopolio exclusivo de las plataformas.   

 Ya en 2013 Jaron Lanier (¿Quién es dueño del futuro?), tras anticipar la concentración de poder de las tecnológicas y la marginación de sus usuarios, propuso un sistema de retribución a estos en forma de micropagos por sus aportaciones y datos. Y ahora Maurizio Ferraris y Guido Saracco proponen en Tecnosofía (enclave, 2025) que la datificación de la experiencia se comparta, de forma que las plataformas comerciales no sean las únicas que puedan utilizar los datos para explotarlos, —prediciendo y modelizando comportamientos—. La modelización pública coexistiría con la comercial y daría otro uso  a los datos extraídos de nuestra experiencia. 

No tiene sentido que las enormes capacidades actuales de planificación y gestión de lo previsible queden concentradas en unas pocas manos con fuertes intereses económicos. Imaginemos que un tren de alta velocidad cumple el recorrido de Madrid a Huelva. Podemos imaginar que durante el viaje la geolocalización y los perfiles continuamente actualizados de los viajeros hagan que el mercado tenga lista para cada uno de los viajeros, en cuanto lleguen a destino, una oferta individualizada de bienes y servicios adaptada a las distintas paradas. Una plataforma pública podría en cambio identificar las vibraciones experimentadas en el mismo punto del trayecto por los pasajeros de varios convoyes anteriores y parar el tren antes de la eventual rotura de la vía. Para llevar a cabo una transformación digital acorde al interés público es necesario que se compartan los datos generados en el ámbito comercial.  Importa en suma, evocando la reciente novela de Gopegui (Te siguen, RHM, 2025) quién nos sigue, cómo y para qué. ¿Qué datificación queremos? A la pregunta sobre la propiedad de los datos que genera nuestra experiencia Ferraris y Saracco no dan una respuesta directa, pero subrayan que no hay razones sólidas que impidan que se comparta la información para generar perfiles, predicciones y modelos diferentes a los que busca la plataforma comercial que los recabó. Los datos son, al fin y al cabo, bienes no fungibles, públicos, que pueden utilizarse de forma concurrente sin agotarse.  El poder público podría asegurar una utilización abierta y concurrente de la datificación. Tecnosofía anticipa que si se comparten los datos se acabarán creando plataformas públicas que generarán recursos suficientes para retribuir a los consumidores que, por los avances tecnológicos, vayan dejando de ser productores.  No sería una retribución específica por el uso concreto de los datos, al modo de Lanier, sino un fondo social destinado a la parte menos favorecida de los usuarios.  


miércoles, 18 de febrero de 2026

FE

 Antes de que se marcharan, tuvieron una breve conversación donde ella volvió a reprocharle todo lo que él  había oído en los meses anteriores —que la había dejado sola, que aquello no era una casa— y luego había olvidado, o más bien sustituido por aquella visión en la que su mujer habitaba un orden sobrenatural.  

(...)

La semanas que siguieron evocó muchas veces la noche en la que le pareció ver a una meiga en el cuerpo de su mujer. Convocaba aquella impresión sagrada abriendo las ventanas y quedándose a oscuras. Dejaba que entrara el murmullo del bosque, esa sensación de que todo rebosaba misterio y de que aquel espacio seguia abierto a seres de existencia dudosa. En el fondo sabía que no había nada incierto ahí, que las sombras le aguardaba.   

El proyecto de Elvira Navarro, La sangre está cayendo al patio, contiene esta precisa y hermosa descripción del mecanismo de la fe: perdida/retracción — sustitución— recreación (lo que ignoramos que sabemos)

Y un amigo me llama la atención sobre esta cita de una pieza aún inédita: 

Rosalia se va perfilando como una de las cuatro grandes evangelistas del post-catolicismo de nuestros días, cada vez más presente en la Red.  Los otros tres serían Pablo d´Ors, J.D Vance y Mario Levrero.  Cada uno de estos cuatro evangelistas dan una figura distinta (ángel, águila, león y buey) al deseo de recobrar la fe en el desierto digital







viernes, 13 de febrero de 2026

NUEVAYOL (ayer y hoy)


 Fortuna de Hernán Díaz es, a mi juicio, una buena novela mala. Es decir, los recursos literarios se emplean con oficio, de forma brillante incluso, sobre todo en la combinación de los diferentes documentos que van sacando a la luz la vida de los protagonistas, una pareja de empresarios que dominaron las finanzas norteamericanas (y mundiales) en los años 20 y 30 del siglo XX. La novela nos cuenta, con una historia envuelta en lujo que gira entre Manhattan y Suiza, que lo que pesa en la economía y sus crisis, es la tecnología unida a la conducta personal de las clases dirigentes. Lo que pesa en el crac del 29 o la bonanza bursátil del 26 son la aplicación de modelos matemáticos a la compraventa de acciones, el uso estratégico del ticker, pero, aún por encima de esto, la frialdad de los capitanes de las grandes corporaciones, su vanidad, el machismo, su habilidad o la falta de escrúpulos. Sus intrigas palaciegas mueven la trama de la novela y la economía norteamericana.  La novela lleva a cabo una operación de borrado de las propias premisas factuales de lo que cuenta, obviando no ya cualquier oposición o disidencia, sino lo que sabemos de la economía de la época.  En una pirueta no exenta de virtuosismo se cuenta una historia de 1920 haciéndonos creer que estamos en 1820. 

Fortuna, (que en el inglés original se llama Trust), incumple la promesa del título de dar protagonismo al sistema económico y adentrarse en los monstruosos engranajes que generan, simultanea y consecuentemente, Fortuna y Miseria. El único personaje que se opone claramente al sistema, un anarquista italiano, es descrito como un viejo idealista, tozudo y con poco fundamento. Entre su mísera casa de Brooklyn y los salones de Manhattan el Capitalismo no aparece por ningún lado.  

Y aquí va, desde un ángulo muy diferente, el comentario a Fortuna de mi admirado J. Salavert: https://downunder-literatura.blogspot.com/2024/01/resena-trust-de-hernan-diaz.html 
 
Años felices de Gonzalo Torné.  Un Nuevayol muy convincente en el afluente mediterraneo de la novela americana. 

El tigre de Borja Vilallonga. El tigre y Fortuna coinciden en su combinación escénica del Manhattan del lujo y los balnearios suizos más exclusivos, pero también en el gusto de los millonarios por la mística. 

Hacerse neoyorquino de O Henri.  Este pequeño relato costumbrista escrito al principio del siglo XX, de factura mediocre, ofrece un interesante contrapunto al furor antiinmigración actual, al tiempo que explora algunos de los engranajes de la asimilación. Manhattan recibe con indeferencia al recién llegado, que le paga con la misma moneda. Sin embargo, cuando este sufre un accidente, los neoyorquinos se transforman: le acogen calurosamente y el recién llegado, agradecido, reacciona defendiendo a la ciudad frente a terceros.  Sin reconocimiento del daño, al tiempo histórico y actual, falta el flow de la empatía migratoria(Interesantes ecos con el arrepentimiento del Te siguen de Gopegui).

En todo hay una grieta y por ella entra la luz de Patricio Pron. Ganas de pasear por el Nuevayol de Pron. 

Diario de una dama neoyorquina de Dorothy Parker. La sincopada, reiterativa y banal agenda de una dama de la alta sociedad de Manhattan, en los días de horror, desgracia y cataclismo global, se parece en su tonta irresponsabilidad a nuestro absorto paseo por el circuito estanco de pantallas de las redes sociales.   








lunes, 26 de enero de 2026

Allá lejos, la pandemia.

 Quizá por casualidad, sin buscarlos en todo caso, empiezo a encontrar nuevos ejemplos de ficción relacionada con la pandemia. Comparten un carácter oblicuo, elíptico. No tratan tanto de la pandemia como de su periferia: los espacios de soledad e instrospección que abre; el recuerdo y la reflexión que alienta; su huella en los hogares y la ciudad; el vacío, la marca de todo ello una vez empienza la «distensión» de la que habla Jorge Olivera en uno de estos ejemplos pandémicos.

«...y el sol danzaba como un perro 

fiel, alrededor de los cuerpos, había viento también


alrededores del caos

centro de la felicidad 

compartida


fue eso y

no sabíamos».


Allá lejos, unos pájaros. Jorge Olivera. libros de la resitencia, 2024  


También Deambular otra vez de Selva Amada, Cristina Rivera (CR) y Juan Pablo Villalobos, publicada en 2025 por Almadía, gira alrededor de la pandemia, pero sin afrontarla directamente. La sobrevuela desde distintos ángulos antes de posarse de forma levemente concertada. Compone un interesante experimento, una evocación a partir de tres estrategias distintas, sostenidas por una conversación apenas hilvanada.  

    CR «Cuando avanzamos sobre el territorio, caminando a veces a ciegas, colocamos nuestros pies en las huellas que han dejado otros, habitándolas de maneras problemáticas y suntuosas». Me encantan  esas «maneras problemáticas y suntuosas». 

    Y entre las lecturas veo Maspalomas, película dirigida por Goenaga y Arregi, en la que, de nuevo, más que el carácter dramático de la pandemia pesa la ocasión que abre para la reconciliación y el crecimiento, su condición de impulso e hito en un proceso de introspección. Pandémica y celeste: la plaga es capaz de convertir la bulliciosa y festiva Maspalomas, reiteradamente banal, en el desierto gozoso de un anacoreta.   

    Auguro que otras ficciones pandémicas seguirán a estas tan centradas en los espacios abiertos a un espíritu al tiempo colectivo, solidario y doméstico, intimista, con amplios márgenes para la reflexión y el recuerdo. Recuento de unos días iguales entre sí, sin futuro, pero capaces de hacer aflorar tanto de unos cuepos que necesitaban parar, salir de sus railes. 

    Otros relatos llevarán otras cuentas. Serán ficciones fieras e implacables, exentas del perplejo alivio del superviviente. Sus palabras extenderán la plaga por cuerpos incapaces de moverse, de respìrar, como un incendio que arrasa hogares y residencias.