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viernes, 13 de febrero de 2026

NUEVAYOL


 Fortuna de Hernán Díaz es, a mi juicio, una buena novela mala. Es decir, los recursos literarios se ponen en juego con oficio, de forma brillante incluso, sobre todo en la combinación de los diferentes documentos que van sacando a la luz la vida de los protagonistas, una pareja de empresarios que dominaron las finanzas norteamericanas (y mundiales) en los años 20 y 30 del siglo XX. La novela nos cuenta, con esta historia llena de lujo en Manhattan y Suiza, que lo que pesa en la economía y sus crisis, es la tecnología unida a la conducta personal de las clases dirigentes. Lo que pesa en el crac del 29 o la bonanza bursátil del 26 son la aplicación de modelos matemáticos a la compraventa de acciones, el uso estratégico del ticker, pero, aún por encima de esto, la frialdad de los capitanes de las grandes corporaciones, su vanidad, el machismo, su habilidad o la falta de escrúpulos. Sus intrigas palaciegas mueven la trama de la novela y la economía norteamericana.  La novela lleva a cabo una operación de borrado de las propias premisas factuales de lo que cuenta, obviando no ya cualquier oposición o disidencia, sino lo que sabemos de la economía de la época.  En una pirueta no exenta de virtuosismo se cuenta una historia de 1920 haciéndonos creer que estamos en 1820. 

Fortuna, (que en el inglés original se llama Trust), se niega, como parecería prometer el título, a dar protagonismo al sistema económico y adentrarse en los monstruosos engranajes que generan, simultanea y consecuentemente, Fortuna y Miseria. El único personaje que se opone claramente al sistema, un anarquista italiano, es descrito como un viejo idealista, tozudo y con poco fundamento. Entre su mísera casa de Brooklyn y los salones de Manhattan el Capitalismo no aparece por ningún lado.  

Años felices de Gonzalo Torné.  

El tigre de Borja Vilallonga. Por cierto, El tigre y Fortuna coinciden en su combinación escénica del Manhattan del lujo y los balnearios suizos más exclusivos. 

Hacerse neoyorquino de O Henri.  Este pequeño relato costumbrista escrito al principio del siglo XX, de factura mediocre, ofrece un interesante contrapunto al furor antiinmigración actual, al tiempo que explora algunos de los engranajes de la asimilación. Manhattan recibe con indeferencia al recién llegado que le paga con la misma moneda. Sin embargo, cuando este sufre un accidente, los neoyorquinos se transforman: le acogen calurosamente y el recién llegado, agradecido, reacciona defendiendo a la ciudad frente a terceros.  Sin reconocimiento del daño, al tiempo histórico y actual, falta el flow de la empatía migratoria(Interesantes ecos con el arrepentimiento del Te siguen de Gopegui)






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